Veintitrés
Entre las notas dispersas de Benito Ponciano Márquez Cararé, que nos acercaba el señor Santos Poussin, encontré notas que profundizaban sobre el incendio del circo de Enrico Scatollini en Peremerimbé.
Allí relata que; "esa misma noche, el Gobierno decidió intervenir el pequeño destacamento policial de apenas treinta hombres, que fueron sustituidos de sus cargos por encontrarlos en la parranda, borrachos y mal vestidos. Que trajeron un nuevo batallón con los mismos militares de los fusilamientos de las revueltas anteriores en Sao Vicente, es decir, el 46 de campaña, pero que estos hombres venidos de Manvatará, a cargo del oficial Nemesio Iparraguirre, eran más severos. Y que andaban casa por casa entregando unos bandos con las nuevas leyes. Que entre otras normativas relacionadas con las buenas costumbres, devolvían las mujeres desorientadas a la casa donde pertenecían. Lo mismo con algunos maridos que juraban no saber qué hacían en casa de otras vecinas. Dice que por eso, y por el control de la documentación personal, que esa noche no fue casi nadie al circo, los hombres y mujeres debían reconocer a sus esposas y lo mismo sucedía con muchos niños".
Hace referencia a un caso puntual; "en relación al soldado Abilio Ocaño, dado por perdido al tiempo que una noche, jugando a las escondidas cuando niño, corrió a esconderse por los caminos y por la espesa jungla, sobreviviendo durante tres años, donde nadie pudo encontrarlo, hasta que una familia lo atrapó robando huevos de gallinas en las hondonadas de Tuguruaba, lo adoptó y le consiguieron una subvencion del ministerio para educarlo en el Liceo Militar de San Gregorio, formándolo como soldado instruído. Pero que mientras repartía los bandos gubernamentales reconoció el panelón de arcilla donde sabía contar hasta cincuenta en el juego de las escondidas y tres viviendas más allá, pudo reconocer su casita y a su familia. Su madre lo abrazó en silencio. Su padre le dijo:
—Quítese esa ropa, no hay soldados en mi familia".
Y que; "antes de instalarse en sus nuevas oficinas, el coronel Nemesio Iparraguirre vestido de un elegante uniforme marrón claro y correajes de cuero oscuro, con sus altas botas lustradas, consideró la situación, informó a sus superiores inmediatos y dentro de sus atribuciones, optó por firmar la baja del soldado, admitiendo razones de índole familiar al soldado instruído Abilio Ocaño, a pesar de su foja calificada, pero anteponiendo el claro concepto de que la familia debía permanecer unida".
Pocas horas después, el coronel se llevó la sorpresa de su vida, pues ocurrió eso de la grande estampida de los animales del circo cuando todavía sus soldados andaban de casa en casa.
Según afirma más adelante, "el león del circo entró por la puerta principal de las viejas dependencias policiales y que saltaba por todos lados, desparramando la tinta para escribir sobre los papeles con órdenes y bandos impuestos por la nueva ley, y que le rugía amenazante, sin darle tiempo a que desenfunde su pistola y que el pobre animal asustado pudo saltar por una de las ventanas hacia afuera. La cebra desorientada hizo lo mismo, con cierta torpeza, entró despavorida pero fue muerta de tres balazos por el arma de Iparraguirre".
En su relato, Benito Ponciano Márquez amplía las notas describiendo el paisaje. Señala que el griterío de la gente era ensordecedor. Y que el oficial Nemesio Iparraguirre, sale a la oscura calle gritando "las mismas obscenidades comunes a las que estábamos acostumbrados y que eran de nuestro uso común, normal y específico de nosotros los peremerimbinos" —frase que subraya dos veces— "y que este coronel ordenaba que dejásemos de pronunciar, ateniéndonos a las buenas costumbres y al uso del idioma español en su claridad, y adecuación para ser empleado en la construcción de oraciones sencillas y estructuradas".
Relata que el coronel, pistola en mano, en la puerta tropezó con uno de sus suboficiales que estaba de guardia de cuarto, según decían las consignas que tenían asignadas y que éste, totalmente aterrorizado le mostraba las heridas propinadas por las garras del oso llamado Zonko, que se perdía en las sombras de la noche, pero mortalmente herido y que cae más allá de la esquina norte. Que el coronel, entonces vio el resplandor del incendio del circo, al final de la calle y a un temerario elefante que pasaba ante sus narices con intenciones de llevarse todo por delante.
Que gritaba, daba órdenes, "no sé a quién", subraya, porque todos corrían de un lado hacia otro y encima al cura Victorino Barboza se le daba por hacer sonar las campanas restauradas y llamar a misa. "Eran algo así como las diez de la noche. A eso de las diez de la noche".
Hay una serie de frases que no se pueden leer. Parece que hacen alguna referencia al estado del tiempo, y un dato curioso. Señala que observaba detenidamente a quién luego sería su enemigo, cuando ve que el pequeño Didú le tocaba el pantalón a Iparraguirre y que éste miró hacia abajo, le pareció que el oficial creía ver a un niño sonriente, que le daba la bienvenida, pero luego tuvo la certeza que alcanzó a darse cuenta que era un enano que pedaleaba una pequeña bicicleta entre los animales sueltos, y recién al otro día supo que el atrevido que lo había tocado era el pequeño Didú. El hijo de la mujer que había aprendido a volar en el circo.
Escribe Benito Ponciano Márquez que se acercaba en silencio, a recoger sus cosas de la iglesia y que el cura Victorino lo miró y le pidió que encienda todas las luces, dice que le dijo.
—Encienda usted todas las luces por favor, a esta hora y hasta que esta gente se derive hacia Nuestro Señor, habrá Misa permanente, conmigo los hombres volverán a Cristo.
En otras hojas de su relato, señala que el cura Victorino Barboza abrió las puertas de la Iglesia de par en par, y se paró en el umbral a contemplar el espectáculo bochornoso de infieles corriendo de un lado a otro entre distintos animales y que levantaba la Biblia en una de sus manos, mientras los soldados con fusil y bayonetas caladas trasladaban baldes con agua y que el cabo Illapha Tavares, dando claras muestras, a pesar de su juventud, de tener una franca seguridad, compostura, calma y sensatez ante la situación, y exhibiéndole una sonrisa inquietante se le acercó y le dijo:
—Padre, padre, padre, bien sabe usted que los hombres tienen su tiempo, pero Dios tiene sus planes.
©Walter R.Quinteros-Cuentos de Peremerimbé.
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