LA MUJERES SOLIDARIAS

Siete

—Ellas eran las que consolaban el dolor en las soledades —Alguien me dijo eso—.

Me decían que madama Leopoldina Durand, la dueña de la casa de citas "La Rosa Blanca", que cuando llegaba el señor Teófilo Cabanillas, el lugar se llenaba de un aire "espeso de sabiduría y culturoso, como cada uno de los músculos del señor de las letras". Que así le decía al doctor. Y suspiraba y volvía a sentarse desparramando su trasero en la poltrona preferida, y contaba el dinero obtenido por aquellos momentos de amor fingido —me contaban ellas, con sus ochenta años, sin culpas y sin maquillaje—.

Leopoldina no sólo sabía tratar con amor y ternura a sus hombres, clientes y amigos. Era a la vez complaciente y sabía escucharlos, antes, durante y después del acto amoroso, ya que ellos se despachaban ante ella como en un confesionario, sumergidos en el medio de sus enormes y redondos pechos. Afirmaban con una sonrisa lejana.

Eran hombres venidos del lejano territorio de Peremerimbé, locos sedientos en reconquistar sus tierras por medio de la lucha armada y el uso de las palabras nostálgicas. Hombres abatidos por haber sido desterrados cruelmente por las decisiones del Gobierno, sedientos de venganza. Hasta hombres peremerimbinos traidores a la causa disfrutaron de sus bondades. Hombres peremerimbinos porque si, y que navegaban en las aguas de los olvidos. Hombres conservadores fieles al entonces presidente Benavídez. Hombres civiles y uniformados y lo hacía en razón de tres o cuatro por noche, fueron los que lloraron, rieron, la besaron, se babearon y se estremecieron en sus tetas hasta quedar totalmente exhaustos. Y solo ella conocía cómo hacer para que se desahogaran en el impulso atroz que tenían por compartir sus sueños y sus secretos en la alcoba de edredones húmedos.

—"Teófilo escribirá sobre la felicidad. Dirá este fin de semana en su artículo semanal que la felicidad es un mundo raro. Es tan loco y tan lindo mi Teo...". Dicen que decía.

—"Corre Maruca, avisa a Benito Ponciano Márquez que fusilarán a todos los Barragán, me lo dijo el capitán Cepeda...". Dicen que así avisaba.

La menor de los Barragán Puebla era la Oscara, conocida como la Cachita, que por toda ocurrencia se le presentó una buena tarde a la madama Leopoldina pidiéndole trabajo porque cuentan que le dijo que los locos de sus hermanos se habían metido en eso de la política siguiendo al viejo Teófilo Cabanillas, al Macho Fontana, Céspedes, Vargas, Fonseca y a la Turma sem Bandeiras de la loca Marcela Da Silva y que le dijo que ella sola no podía con todos los quehaceres de una casa, que había mandado a sus hijos a que aprendan el arte de robar sin que nadie se de cuenta y que venía a esta casa, la llamada "Rosa Blanca" por dos motivos.

Cuentan que las dos estaban sentadas frente a frente y que la madama Leopoldina mandó a la putilín Martinica a que trajera algo fuerte para tomar diciéndole uno pa' mí y otrito pa' ella, y que las dos se miraban sin pronunciar palabra alguna, como gallos de riña, hasta que llegaron las copas y la botella en una fina bandeja de plata con una rosa tallada al centro, y que las dos se las tomaron de un trago en un mismo movimiento de manos y de brazos, que dejaron la copas vacías al mismo tiempo sobre la bandeja. Que fue Laura, la que interpretó el diálogo de aquellas miradas y nos sacó a todas, corrió las amplias cortinas para cerrar la sala, y con una clara seña nos llamó a las demás a espiar por las hendijas y escuchar atrás de las telas coloridas y gruesas que supo dejar un mercader árabe, a cambio de llevarse a Purita Ibáñez Nazca, de catorce años que hacía sus primeros pasos en eso de vender amor en finos retazos.

Coinciden todas en sus relatos que madama Leopoldina solo le dijo que hablara de una vez y que Cachita se puso de pie delante de la madama y que se fue desvistiendo mientras le decía que el primer motivo era demostrarle que ella le haría el amor a los hombres mejor que cualquiera de nosotras, las putas permanentes y de las que se las daban de puta y le alquilaban piezas por necesidad. Y que el segundo motivo era llevarla a cualquier cama o ahí mismo si ella quería para que sepa que nunca nadie le acariciaría sus enormes pechos como lo haría ella.

Fue así, que a partir de aquella tarde durmieron por un prolongado tiempo juntas y cuentan que el hombre que las separó definitivamente fue el escritor Teófilo Cabanillas que un buen día decidió llevarse a Cachita con él y educar a sus hijos ladronzuelos.

Algunas adjudican a que por rencor, haya sido Leopoldina la que tenía al tanto al ejército nacional de los movimientos de la Turma sem Bandeiras y el movimiento peremerimbino, pues haciendo memoria recuerdan que una mañana al despertar dijo que le había dado a un tal Boggy Speckler lo que nunca a nadie le había dado, al ver semejante miembro. 
—Ya no queda nada de mi cuerpo para que rompan los gusanos, valió la pena —dicen que dijo.

Aseguran que de a poco se fue volviendo loca la madama Leopoldina. Sin Cachita, que escapaba por la selva, sin Cabanillas que le susurre historias al oído. Dicen que colgó un cartel en la puerta de su habitación que rezaba "Oficina de Soluciones Rápidas y Efectivas" que hizo hacer por un fileteador argentino que acertó a pasar por este lugar en una lujosa moto a cambio de dormir una noche en su camino a México, con las alforjas llenas de pinturas y pinceles. Y empezó a atender de uno, de a dos y hasta de tres soldados por vez y que un buen día las llamó a todas a la hora del desayuno y que les dijo que no se olviden de usar mucho jabón antes y después de "eso" y que como toda dama, "nosotras debíamos higienizar también al señor cliente", recuerden —dicen que dijo—, donde están las toallas higiénicas los yodos y los antisépticos y que cada mes, el doctor Denis Maturano tenía la obligación de los controles sanitarios de los genitales, de acuerdo a las leyes vigentes así establecidas por el gobierno central. Siempre nos recordaba eso, y nos leía algunas frases sueltas de libros que le supo regalar el finado Teófilo Cabanillas, muerto unos días antes, en el combate.

La última frase que ella nos leyó antes de pegarse un tiro delante de todas nosotras, las que éramos sus "lindas putitas o putilinas" como nos llamaba, antes de la requisa, fue la de un escritor llamado Macedonio Fernández que decía algo así como; "Alguna vez estudiaré cómo el desnudo se reduce a ser modestamente un escote totalitario simultáneo o la suma de todos los escotes sucesivos inocentes posibles a una sola persona".

Con ella se fue La Rosa Blanca, las autoridades cerraron el local, nos desalojaron en camiones antes que enormes tanques de guerra no dejaran nada en pie. 

Como usted sabe —me dicen—, el periodista, doctor y escritor Don Teófilo Cabanillas y los hermanos Barragán, hijos de Elpidio, eran todos políticos y ladrones y pistoleros, que fueron muertos en la llamada "Masacre de Naranjillos", que ejecutaron solo dos suboficiales, un tal Illapha Tavares, y Wilhelm Jensen, alias el "Gringo" por sus ascendentes del norte europeo.

Cachita Barragán, la amante de Cabanillas, logra escapar con sus hijos, pero es encontrada un año después muerta en el burdel de las mujeres solidarias de Mapuyo, se cree que la asesinó un tal Boggy Speckler, camarada de Jensen, pero no hubo testigos. La encontraron muerta, en su casita de piedra, una de las tantas del complejo de la mujeres solidarias, sobre el camastro iluminado por lámparas, asfixiada por sus prendas prestadas para parecerse una cholita, sin signos de haberse defendido, mas bien, resignada a su suerte.

Me aclaran que esas llamadas mujeres solidarias, eran unas cholitas venidas desde Bolivia, o tal vez del Perú, vestían varias faldas y enaguas encimadas, blusas coloridas, un aguayo sobre los hombros y el sombrero bombín, vestidas así, sin desnudarse, hacían disfrutar a los hombres que subían a las montañas para trabajar en la minería, consolaban el dolor de las soledades de las piedras, entendían el arte de aplacar necesidades, y ofrecían caricias soñadas a los viajeros vendedores de baratijas y comerciantes de botas y ropas como aquellos curiosos de aquel encanto misterioso, y a los hombres adinerados que por placer subían los dos mil metros, a lomo de mula, con sus armas sin seguro por los pumas.

Y volviendo al tema de Cachita Barragán Puebla, me dicen que a su velatorio, parece que solo concurrió una niña, muy bella, que tendría entre ocho o nueve años llamada Rosario Kindelán, que le apareció como una tierna fantasmita al sepulturero mientras apagaba los cuatro cirios y sellaba el féretro —pues ningún soldado ni agente de Inteligencia llegó a verla—. Coincidían todas que se trataba de ella, pues solo se hacía visible cuando necesitaba pedir algo, preguntar algo, y desaparecía cruzando las paredes.
—Es mi tía, ella era mi tía —le dijo al sepulturero desde el candil colgante del techo, y el hombre lanzó un grito de terror que el eco reverberaba entre los cerros.

©Walter R. Quinteros-Cuentos de Peremerimbé.



Comentarios