COMO EN AQUELLOS MOMENTOS TRISTES

Diecinueve

—Como en aquellos momentos tristes en que te sientes solo y decides esperar. Así amigo, mirábamos aquel cortejo fúnebre, aquí en San Vicente —me cuenta Rolando Espina, un vecino de la localidad que está a cuatrocientos kilómetros al norte de Moncadas—. Eran los cuatro hermanos varones y todos solteros de Arnulfo Sepúlveda, los que iban cargando el féretro de quien fuera el cura de Peremerimbé. El pueblo que murió bajo el agua. Ellos dicen que el cura Arnulfo murió con un gesto de asombro en su rostro, como si hubiese descubierto cuán largo y extraño era el camino que recorrería su alma, o como si hubiese recuperado un racimo de sus nociones, de sus recuerdos, o quizás el segundo final de su vida, fue un dictámen sobre sus atropellados pecados —me contaba en un tono de voz convencido, seguro—. Indudablemente algo debió haber visto o soñado, porque su dedo índice se irguió amenazante, decían, señalando hacia la única ventana por donde penetraba la luz del sol —sostenía sus palabras tomando un trago de cerveza en cada pausa, el señor Espina—.

—Sus hermanos nos contaron que debieron quebrárselo para poder cerrar el cajón, antes que las moscas atraídas por el olor invadieran la habitación, antes que vistiesen de luto, antes que crucen por las calles del pueblo bajo el cruel sol de Diciembre y antes que nosotros, los parroquianos del bar, caminemos acompañando el rezo de los cuatro sexagenarios hermanos Sepúlveda, que iban levantando la tierra liviana de las calles por la falta de lluvias —adopta una posición más erguida en la silla el señor Antonio Macías—. Después que cubrieron con tierra el féretro un poco estropeado por algunas caídas y nosotros nos despojáramos de nuestros sombreros para rezar en el cementerio —señalaba con la mano en alto un supuesto camino hacia el cementerio—.

Conversábamos entusiasmados del tema, mientras los demás ancianos miraban con extrema curiosidad mi grabador chino.

—Y también nos dijeron que la gente decía que mucho tiempo antes que este querido San Vicente, tuviese sus calles definidas y de que por acá fundaran la primera escuela, y que aún antes mismo que nacieran sus otros hermanos, Arnulfo fue enviado a la Congregación de la gran ciudad. Sus padres lo hicieron porque decían que se bebía la misma agua que los animales, y que un grupo de mercaderes de baratijas lo entregó allá con una carta dirigida al obispo que se llamaba Eleazar Bustamante, y que entre otras cosas, esta familia le pedía que "quitara por bondad, el señor representante de nuestro Dios por estas tierras, el mismísimo diablo que tiene esta criatura dentro". 

—Se decía en el pueblo que muchas veces, cuando el empleado de correos llegaba, dicen que decían, se dirigía a la casa de los Sepúlveda con noticias escritas que él mismo les leía, y agregaba buenas noticias de la gran ciudad, para aliviar la aflicción de Doña Inés Encarnación Flores, su madre y madre a la vez de cuatro varones más, que dicen que ella decía que eran todos igualitos a Sepúlveda padre, señalando el cabello oscuro y duro de cada uno y dando muestras de una indefinida resignación por no haber parido una hembra para que la ayude en los menesteres de la casa y enseñarle el oficio de mujer para resolver con altura los problemas que se presentan en los hogares y que solo una mujer sabe resolver, dicen que decía, mientras apaleaba a los otros que iban creciendo sin la presencia del padre. 

—Y que mucho antes que Peremerimbé fuese ahogada por los hombres grises que levantaron un dique para contener las aguas para hacer un lago que tenga los canales de riego y unas usinas para la electricidad de los gringos petroleros, y que trasladaran el pueblo allá en el alto, Sepúlveda padre se resistió al avance de esa cosa llamada progreso y de esas otras cosas llamadas democracia capitalista y progresista y se alistó en las filas del comandante Elerguido y de la señora Carlota y que fue uno de los Sargentos que trasladaron el cuerpo, desde el gallinero donde cayó muerto su jefe, una húmeda madrugada, a doscientos treinta kilómetros de aquí. Dicen que fue uno de los que le limpiaron el cuerpo lleno de bosta de gallinas y uno de los que lo vistieron de gala para que le rindan homenaje con todos los honores hasta su tumba. Y que en los posteriores combates con las fuerzas oficialistas, recibió un tiro por la espalda que le hizo decir que su hijo el cura iba a ser un hombre santo por su consagración al Cielo infinito, desde donde todos venimos. Decía eso hasta morir desangrado, dicen.

Rolando Espina y Antonio Macías vuelven a tomar guarapo, sin perder posturas ni dignidad, y agregaban que:
—Todo eso y muchas cosas más nos dijeron los que habían escuchado aquellas historias contadas por Márquez y Cabanillas. 

—Y dicen que ellos mismos dijeron que nadie deje de contarlas porque el que no tiene historias para contar es un carajo que no ha nacido.

—Pero recuerden que hubo un tal Cañizares y un dibujante paraguayo famoso, el petiso Sánchez Artiaga que recrearon toda la historia de los peremerimbinos y el gobierno se las incautó y les quemó todo, allá en Moncadas —agregaba Héctor Rosero, uno de los que se fueron arrimando para intervenir en la conversación—. 

—Y dicen que Arnulfo dejó de ser cura el día que se volvió loco porque cuando subió al campanario de su iglesia en Peremerimbé, encontró a una mujer desnuda que lo invitaba a volar, como aquella del circo de Scatollini, que aún merodeaba por el pueblo, y que tuvieron que cortar las sogas de las campanas para que deje de tañerlas y agarrarlo de sus pelos oscuros y duros y llevarlo para el hospicio de los locos antes que el entonces obispo, Mercedes Puga se entere que había vuelto a beber la misma agua de los animales. Dice Eulogio Loza.

—Y así es que por aquí anduvieron contando que sus hermanos lo retiraron una madrugada, a punta de pistolas de uso militar y que dicen que se lo llevaron semidesnudo arrastrándolo por el barro de la lluvia de tres días sin parar y que se lo trajeron de vuelta a San Vicente. Setenta años después que sus padres lo entregaran a los viejos mercachifles y veinte años después que el sargento Illapha Tavares iniciara la gran matanza de los delincuentes, patoteros en Naranjillos, ¿o nó, acaso? —Dice un enardecido Juan Barrenas—.

—En ese mismo pueblo de mierda. Dice Loza.

—Por eso es que casi todos venimos de allí, a vivir a Sâo Vicente. Agrega Macías.

—Aquí mismo, donde ahora nos trajeron este circo para que todos veamos que hay una mujer que vuela. Como la de esta foto, vea usted, una mujer que vuela. Señala Espina.

Y entonces me muestran un afiche del circo.

©Walter R. Quinteros-Cuentos de Peremerimbé


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