Nueve
—Otra mujer que todos recordábamos a pesar de ser niños era Tomasina Duarte.
—¿Quién era?
—La mujer de todos los guerrilleros.
—Aquí hay una historia muy interesante, quizás a usted le sume, o la olvide. Pero ella era inolvidable —Me dicen—.
—Contaba que a la cuarta hora de la madrugada, le tocaba el turno a Felipe Núnes —un portugués conocido como el payaso triste—, de custodiar las carpas de los guerrilleros peremerimbinos, desde el hito veintiuno hasta la costa del río Naranjillos. Su jefe, Amílcar Cuevas, le dijo que ante cualquier movimiento en la costa no dude en disparar, pues durante el día habían recibido noticias de los movimientos de un pelotón de la tropas nacionales por el sector. Ella nos dijo que Felipe tenía un fusil alemán, un Máuser con cinco cartuchos y un peine con cargadores en los correajes, que les había repartido el gringo Kindelán, también llevaba el cuchillo atrapado en el cinturón de su pantalón, y la foto de sus hijas, una de ellas la menor, sonreía mostrando que le faltaban dos de sus dientes y la mayor, lucía un flequillo desprolijo en la frente. Él siempre llevaba esa foto guardada en el bolsillo izquierdo de su camisa guerrera. Ningún otro papel estaba autorizado a portar.
—Para mi que Felipe recordaba a Tomasina Duarte, mientras caminaba por la espesura de la selva a escasos metros del río. Tomasina le hizo los favores sexuales que las mujeres peremerimbinas le hacían a los hombres que iban a espiar las actividades de la compañía del norte, es posible que en su ronda la haya recordado negra, de piel oscura, de carnes fuertes, compactas y transpiradas. Que la haya recordado sentada en cuclillas sobre la palangana lavando su vagina peluda y pidiéndole que no la mire. Porque él mismo le preparaba la infusión que Tomasina bebía con ansiedad. Se debe haber distraído por recordarla vistiendo el vestido blanco que cubría sus desnudeces y la recordaría abrigada con un poncho, sosteniendo la taza entre sus manos para darse un poco de calor. Tal vez la recordaría soplando el líquido antes de cada sorbo y tirándose el cabello largo y enrulado hacia atrás con el movimiento de su cabeza.
—Es posible que Felipe, el payaso triste, pensaba que Tomasina lo quería, que lo había elegido entre tantos hombres, no solo por su viudez, él se sabía un hombre viril de buenos músculos y de buena suerte en los juegos de los naipes, cuando de repente, como en un sueño, le pareció ver entre las sombras un movimiento extraño.
—Aquí dijo que Felipe esperó que la luna se despoje de las nubes, esperó que ningún animal lo delate, cubierto entre el follaje y tapado en barro hediondo, vio avanzar hacia su posición cuatro soldados del ejército nacional. Que ellos no hablaban, se entendían por señas en la oscuridad y el silencio. Que el primero en llegar tenía los atributos de sargento, que la luz de la luna le regaló por un instante, luego se fueron alejando por la costa hasta el bajo donde cruzaron el río, casi sin dejar huellas y supo que habían llegado a la otra orilla por el vuelo nocturno de algunas aves asustadas. Que retrocedió a la espesura y esperó agazapado por la llegada de más soldados, se orinó encima, acostado en el barro y cubierto de ramas llenas en hojas sujetadas a su espalda. Perdió su fusil, cuando cayó en el arroyo Gasparcito, y emprendió la veloz corrida a dar aviso en el campamento peremerimbino.
—El asunto es que amanecía, cuando Amílcar Cuevas se despertó a atenderlo, cuando todos tomaban sus armas alertados y cuando el Macho Fontana, salía subiéndose el pantalón guerrero de la carpa de Tomasina Duarte.
—Contaban que Felipe Núnes a duras penas, pudo señalar el lugar donde dijo haber visto que los milicos cruzaron el río. Mintió sobre su posición para justificar porqué no les disparó. Pero se contradijo cuando los describió. "Uno era rubio". "Dos llevaban fusiles largos". "El sargento tenía botas altas".
—Nunca encontraron el fusil de Felipe Núnes atrapado en el barro del fondo del arroyo.
—El macho Fontana lo abofeteó delante de todos antes de ordenar a la guerrilla encontrar y atacar al supuesto pelotón "que seguramente es de la compañía del norte".
—Felipe habló con Tomasina, le contó todo, le habló de que eso que le pasó en el río fue por haberse enamorado de ella, por tenerla constantemente en sus pensamientos y que quería llevarla para que cuide de sus hijas y que con él nada le faltaría.
—Por eso lo sabemos, Tomasina nos contó eso antes de morir desnuda y con un machete en las manos en la balacera de Naranjillos.
—Unos días antes, sus compañeros guerrilleros a las órdenes del Macho Fontana y de Amílcar Cuevas, habían emboscado y mataron a los soldados Colque y Vizgarra, que antes de morir consumieron toda la munición que llevaban, mataron a nueve, entre ellos al pelado Amílcar, y volvieron siete muy malheridos de aquella incursión fatal.
—Tomasina nunca más lo habló al payaso triste, ni lo miraba, ni volvió a acostarse con él en los días siguientes.
—Felipe Núnes se hizo desertor, como muchos otros, después de la masacre de Naranjillos.
—Nosotros éramos todos muy chicos, estábamos todos muy asustados.
©2013-Walter R. Quinteros-Cuentos de Peremerimbé
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