Dieciséis
Dos días después, encontré a la señora Guadalupe, aquella mujer que señalaron los expolicías como la amante de los matadores
—Si, recuerdo, siempre recuerdo. A ellos les dije que hacía cuatro noches que estaban bebiendo y de parranda. Abrazados a mujeres extrañas y de malas costumbres. Ellos se reían nerviosos, pero hacían como si nada les importara, habían cobrado una buena plata por adelantado para cometer aquel crimen y estaban como locos mostrando las armas que tenían. Les dije a los cuatro que se fueran a beber a otra casa, que la mía era sagrada y que no quería ver esas porquerías que solo traían desgracias. Pero a mi no me hacían caso. Les dije que iba a buscar al policía y fue entonces que Tobías me pegó una fuerte cachetada y me tomó del cuello y me dijo que me callara y así me llevó a la cama, casi sin respirar. Entonces sus amigos se levantaron y entre todos me desnudaron y me violaron. No escuchaban mis súplicas. Tobías se sentó a tomar vino de la botella mientras miraba como sus amigos hacían lo que querían conmigo y yo sentí rabia. Mucha rabia y un dolor tremendo ¿sabe? —hace una pausa, los recuerdos parecen dolerle. Pero suspira y sigue—. Yo lloraba, lloré hasta que él dijo basta y entonces allí se levantaron, se tranquilizaron y me dejaron toda maltrecha, humillada, golpeada, mojada, y llorando. Se fueron entre risas –enciende un cigarrillo–.
—Si no quiere contarme más, estará bien así, señora.
—Yo ya había dejado de ser puta —continúa su relato mientras fuma—, Cipriano me dijo una noche que me buscara un buen hombre que me ayude con mis crianzas, porque él decía que era buena en la cama, pero que también era buena en la cocina y que sabía leer, y que se escribir y se hacer todas las otras tareas de las mujeres casadas —parece sonreir—.
—¿Por qué cree que Tobías se acercó a usted, señora Guadalupe?
—Creo que fue porque tenían datos que de vez en cuando Cipriano me visitaba. Yo rentaba una habitación con camas y una mesa y sillas, esas cosas. Pero es así, creo que siempre lo esperaron a él.
—¿Y después que pasó cuando se fueron?
—Los malditos arrojaron dinero sobre la mesa, acomodaron las pistola bajo los sobacos, y salieron sin cerrar la puerta.
—¿Recuerda usted qué hizo?
—De tanto llorar y maldecir me quedé dormida, cansada y sucia. Los niños de los vecinos entraron a mi casa, me vieron desnuda, se llevaron el dinero y las botellas de vino y me robaron algunas cosas más. Cuando me desperté uno de ellos salía corriendo con ropa que luego vi que la usaba su hermana los domingos a la tarde. Por eso me fui de Moncadas. Allá todos me señalaban como la puta de Tobías, el asesino de Cipriano Illapha Tavares, decían.
—¿Para quién cree usted que trabajaban Tobías Barragán y sus amigos?
—Mire señor, ellos decían que el Gobierno les pagaba muy bien para limpiar de una vez por todas a un tipo. En realidad a mi no me importaba las cosas que ellos hablaban. Solo me interesaba que me abonasen el alquiler.
—¿Alguna vez vio a Cipriano, al "cazador", armado?
—No, nunca le vi un arma, ni sabía que le llamaban de "cazador" ni oí que hablase mal de otros. Nada de nada. Él era cariñoso, se había enamorado de otra mujer, me lo dijo una noche en que le ofrecí sexo gratis si quería, porque me hacía sentir una dama, y hasta me ayudaba en el cuidado de la higiene. Un caballero, eso era. A mi, señor, me quedaron dudas que él fuese el muerto –apaga el cigarrillo en el cenicero de metal que tiene en la mesa y se mira las manos –. Yo me encontré con un cuerpo destrozado a balazos y todo ensangrentado, ni siquiera pude verle el rostro. El recuerdo de aquel cuerpo destrozado, con la ropa puesta y rota a jirones, dificultaba todo. Yo fui la única mujer que vio aquello en la camilla de la autopsia, y fue por orden del juez Bonaventura. Y el mismo juez me dijo que firmara un documento donde certificaba que el muerto era Cipriano. hasta creo, cada vez que más pasa el tiempo, que había una cierta desesperación por afirmar que él era el muerto. Y si yo no firmaba, me dijo el juez que los policías tendrían sexo gratis conmigo, así es que allí mismo firmé –golpea la mesa con rabia-. ¡Firmé con bronca, con vergüenza, no se bien que es lo que firmé! Pero después me enteré que mi declaración decía que él había estado toda la noche conmigo y que me había contado que saldría a robar por algunas casas —ríe resignada como deseando que hubiese sido cierto—. Pero todo era mentira. Todo fue una farsa, con esa declaración desmentían lo del tren y todo lo demás.
—¿Cuénteme de Cipriano, cuánto tiempo vivió en Moncadas?
—No recuerdo bien, él solo iba y venía. Me contaba que hacía viajes representando a una empresa que ya no estaba más en el pueblo que compraba y vendía terrenos. Se alojaba en lugares distintos, en el hotel o en casas de mujeres que no estaban con los días sangrantes. Hasta en eso nos conocía. Pero ahora recuerdo que cuando se fue, la última vez, me dijo que era porque se había enamorado y fue ésa la vez en que me pidió que me desnudara despacito, muy despacito, apenas iluminada por una vela, lo más sensual posible, me decía que lo hiciera despacito, bien despacito, qué loco era —Guadalupe sonreía, con cierta nostalgia—. Anote que él era un ángel, era un caballero, no me llamó por mi nombre esa noche, me dijo señora y mientras yo me desnudaba, él escribía, escribía cartas creo. Y mientras me sentaba desnuda en la mesa esperando algo más de él, agarró sus cosas y las guardó en su maleta, después tuvimos un buen sexo y se fue. Me dio un beso y se fue.
—¿Cuánto tiempo antes que lo mataran fue aquello, entre ustedes?
—Dos años creo —enciende otro cigarrillo— después, en el juicio me llamaron, había muchos testigos y yo señalé a Tobías como el matador. A Carlos como el de la escopeta recortada, a Norberto, que tenía la ametralladora y a Luis, un cagón que dijo que solo manejaría el auto y que lloró durante todo el juicio. Me daban asco, no paré de sonreír y de mirarlos.
—¿Los hermanos Barragán eran Tobías y?
—Tobías y Norberto eran hermanos. Eran los hermanos Barragán, que habían llegado desde donde era Naranjillos. Todos esos juntos no llegaban ni a atarle los cordones de los zapatos al amor de mi vida.
—Me llama la atención, eso de que era el Gobierno quien les pagaba, ¿es verdad eso Guadalupe?
—Ellos me dijeron que alguien del Gobierno les pagó para matarlo, lo dijeron en el juicio pero creo que era para pedir protección o algún tipo de estrategia del abogado, la cuestión es que terminaron muertos en la celda. Bien hecho.
—¿Y qué me puede contar de la señora Beatriz?
—¿La señora Beatriz? Já, "señora". No, yo no creo que ella fuese la dueña de aquel corazón maravilloso. Me parece un disparate. Un invento. Aunque uno nunca acaba por conocer los caminos del amor, no sabemos de dónde carajo vienen ni adónde nos llevan.
—Cipriano, a su entender, ¿era un tipo que la gente quería, respetaba?
—Si, es cierto, aquí en el pueblo todas amábamos a Cipriano, nos gustaba, pero creo que todos los hombres lo odiaban. Había que conocerlo, cuándo pedía auxilio, cuando pedía amor, cuando pedía su tiempo, su espacio, ¿vio? Su mirada hablaba, su silencio hablaba y de eso, creo, una verdadera mujer enamorada lo sabe y renuncia a todo para satisfacer al hombre, y ése hombre mutilado a tiros tenía otra aura, digamos —juega con la caja de fósforos, la golpetea sobre la mesa—. El cadáver que yo miré no tenía rostro y no tenía la cicatriz en su pierna izquierda. De haber visto sus partes íntimas le aseguro que podría no haber dudado, ¿no le parece a usted?
—¿Puede describirme a Cipriano, cómo era?
—Él era de estatura mediana, bien parecido, de ojos marrones de mirada dura y una sonrisa constante, parecía de esos tipos que nunca se encuentran por ahí, cansados. Un trigueño lindo, de cabello oscuro con marcadas ondulaciones, de un andar elegante de voz suave, pero firme, era cuidadoso en los detalles, no tengo ninguna fotografía de él. No hay ninguna fotografía de él. Nadie la tiene.
—¿Qué edad le calculaba usted o cree que tenía cuando murió?
—Yo tenía 38 años y él 60, eso me dijo la última vez que me hizo el amor, sobre la mesa.
La señora Guadalupe Cedeño, se mostró calma al final de aquella entrevista, y agregó algo interesante, me dijo que a veces lo sueña, lo sueña tranquilo, muy alejado de todo, tocando un piano, allá en Cerro Bonito. Me dijo que siempre lo sueña así.
©2013-Walter R. Quinteros-Cuentos de Peremerimbé
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