Catorce
—Era día domingo, el primero de diciembre, según Cañizares.
Me dicen que el escritor y poeta don Esteban Cañizares había publicado una historieta con ilustraciones de un paraguayo llamado Camilo Sánchez Artiaga —ya fallecidos ambos—, llamada "Cazador". Lo hizo en varios capítulos, a medida que "el dicen que dicen que", se instalaba en las mesas de los bares de Moncadas y alguien cercano al juez, dejaba escapar un comentario que enriqueciera su imaginación. El asunto se discutía en las mesas, en los aperitivos.
Leí y releí este capítulo. Cañizares aseguraba que es de su total creación. Que es el autor intelectual y que se encontraba registrado todo a su nombre. Porque él mismo —decía— recorrió lo que creía habían sido las últimas horas del cazador, Illapha Tavares.
Página uno:
Lo primero que hizo al despertar, fue afeitarse. Después de desayunar, colgó la llave de la habitación en el tablero del hotel Real, donde se alojó durante dos meses esperando, y salió a la vereda.
Las luces públicas y de algunas casas aún estaban encendidas y el sol apenas se asomaba cuando cruzó la calle en dirección a la plaza.
Algunos gallináceos se alborotaron a su paso mientras comían las sobras de la parranda de la noche anterior, en San Vicente.
En uno de los bancos dormía su borrachera un músico despistado, sin advertir que sus ronquidos desafinaban la quietud de la hora.
Un perro se le acercó, lo siguió algunos pasos husmeando su maleta y se echó nuevamente en el pasto pisoteado para disfrutar el fresco de la mañana.
Nadie más estaba levantado o despierto para ver su paso decidido hacia la estación de ferrocarril, apenas dos cuadras distantes.
Buscó el banco más limpio del andén y cerca del pasillo de la boletería. Se sentó sobre su pañuelo, se acomodó el sombrero y apoyó la maleta entre sus pies. Totalmente solo.
Página dos:
A las siete de la mañana puntualmente, el boletero levantó la persiana, se colocó los cubremangas negros y sobre su cabeza, una visera del mismo color, encendió las lámparas sobre un mueble pintado de color marrón, donde estaban prolijamente acomodados los boletos de viaje y comenzó a llenar formularios impresos de la compañía de ferrocarril, con letra clara y cursiva. Como se acostumbraba.
Pero sin advertir la presencia del hombre sentado en el andén, solo y con una maleta en sus pies.
Era día domingo, el primero de diciembre.
Página tres:
Cuando el pueblo se fue despertando, las campanas de la Iglesia llamaban a la primera Misa. Y algunas puertas y postigos se abrían para que la gente se desperezase.
Nadie más en el pueblo tenía motivos para ir o pasar por la estación de trenes. Que se fue olvidando con el tiempo, desde que hicieron su aparición los ómnibus y cerrara una cantera del pueblo.
Solamente pasaba un tren de pasajeros a eso de las diez de la mañana.
El cazador parecía saberlo, entonces se levantó, tomó la valija y fue hasta la boletería.
El boletero sin levantar la vista de las planillas le extendió un boleto y algunas monedas de vuelto.
Página cuatro:
Cuando se sentó nuevamente sobre su pañuelo en el mismo banco, recordó que nunca había visto al boletero en el pueblo, lo recordaría por sus manos temblorosas y huesudas, por el movimiento brusco para buscar el boleto, llevarlo a la prensa para que de un solo golpe seco, le marcase el horario y la fecha del viaje.
Acertaba en sus pensamientos que entre ellos no se habían hablado, que simplemente puso el dinero en la ventanilla y que recibió el pasaje de cartón duro y de color anaranjado pálido pero nada de eso le importaba.
Se sentó a esperar.
Eso haría esperar.
Página cinco:
Y sintió sueño. Un sueño profundo y sereno, como una caricia tierna, mientras el pueblo recobraba su bullicio.
Y Soñaba.
Soñaba que era un niño pequeño y que corría descalzo por los sitios baldíos entre las opuntias y las tunas, entre los matorrales, las acacias farnesianas y sus perros malolientes sedientos cerca de una vivienda que le parecía familiar, hasta que una enorme nube oscura le tapa el sol.
El día oscurece. Los perros lo dejan solo y empieza a gritar, los llama, los llama por su nombre y en la oscuridad y bajo una intensa lluvia, los encuentra muertos.
Despierta. Despierta transpirado y gotas de sudor le caen por el rostro arrugado y febril, se levanta el sombrero y seca el sudor con el pañuelo.
Se pone de pie y camina hasta el bebedero sin soltar la valija. Consulta la hora, con su reloj pulsera y con el reloj de la estación.
Una brisa leve le sacude el pantalón y un silbato lejano le anuncia la proximidad del tren. Observa al cambista mover las señales y algunas vías se acomodan para el paso del tren a Moncadas.
Página seis:
El mueve los dedos emitiendo un chasquido nervioso que acompañaba el ruido de las ruedas sobre las vías. Y asciende al primer vagón apenas este hubo frenado.
Sentado, miraba la playa de maniobras, esperó en silencio, casi sin moverse, hasta que el tren nuevamente se puso en marcha, entonces allí cambió de lugar.
Eligió ahora el asiento que le cubría la espalda y desde allí podía observar todo el vagón completo y sintió confianza en el resto del pasaje.
Algunas familias y personas extrañas, adormecidas y vacilantes se preparaban para almorzar.
Él hizo lo mismo.
Página siete:
Desde el comienzo del vagón, donde nadie percataba su presencia, colocó la valija en su regazo, la abrió y sacó un envoltorio de papel que desenvolvió lentamente.
Extrajo un embutido de carne de cerdo, un trozo de queso y con un cuchillo filoso, los fue rebanando en finas rodajas que comía despacio, saboreando cada bocado, mirando a los demás pasajeros y mientras el tren avanzaba hacia donde la muerte lo esperaba, y mientras se perdía en los interminables horizontes que dibujan este valle.
—¿Cómo pudo el escritor Esteban Cañizares, obviar tantos detalles?
—Creemos que a Cañizares el gobierno le ordenó hacer esa historieta. Modificar relatos. Me dice el señor Espina.
—Pero, no se puede pasar por alto lo de la señora Ortigoza.
—No, ni eso ni toda la gente que siempre esperaba el tren, los vendedores, los empleados. Con respecto al músico que olvidaron dormido, es cierto. Se trataba del Bolo Valladares. Luego vinieron a buscarlo. Pero también consta que falta el relato de Gervasio Moyano Chozno, que nadie supo darle crédito.
—¿Y dónde es que abundan los nopales y las farnesianas?
—Pueblo Saucedo, lejos, muy lejos de aquí.
—Les voy a contar algo, encontré a la señora Clementina Mamani en su casa de Moncadas, hará un tiempo atrás, cuando empecé esta investigación periodística y que un tal Porfirio Rojas, en Manvatará me la señaló. Ella me dijo que siempre supo algo de su madre la que todos llamaban "ñá Loisa" por la vecina, doña Juana Arce. Bueno, les cuento que entre otras cosas y tal los relatos confusos de Cañizares, ella me dijo lo siguiente; Que era verdad que ella estaba embarazada, pero que no tenía certezas que haya sido Illapha Tavares el padre de su bebé, "tu sabes cómo es esta vida pendejo. Atiendes tres o cuatro hombres por noche. Te enamoras, te desenamoras. Aquí muchas éramos putas, pero su preferida, dicen que era una tal Guadalupe que vino a vivir aquí y que no era tan puta como nosotras porque tenía el oficio de cocinera. Cocinaba como una diosa esa mujer y por eso siempre tenía trabajo, ahora es una abuela sin vicios".
Y entonces le pregunté. —¿Se hacía querer Illapha?
—Yo me había enamorado de él, de su prestancia, de su elegancia, sus modos. Tenía un trato muy especial, con nosotras. Y hubo un tiempo en que solo me dediqué a él. Después se fue, estuvo ausente como dos años. Volvió para que lo mataran en esa forma tan cobarde, para que lo acribillaran por la espalda esos putos asesinos alcoholizados.
Y le pregunté si conocía a la señora Arminda Beatriz Pineda. Me dijo:
—Nada que ver. Ella no era como nosotras. Ella era de las que iban a la Iglesia, de las "mujeres que se la dan de santulonas" que andan dando vueltas por las casas de caridad. Se dijeron muchas cosas, yo siempre creí lo que decían que ella dijo. Que no lo conocía. Mira, él fue el amor de mi vida. No tengo más nada que decirte.
Hay una pausa, un largo silencio. Todos en el bar nos miran.
—Se le complica cada vez más amigo. Dice Barrenas.
Le respondo que si. Pero es solo periodismo —les digo—. Es un oficio hermoso, hay que tener mucha vocación para esto. Creo que ser un buen periodista es ponerle voz a muchas personas que tienen algo para decir, es contar un hecho con las sensaciones. En definitiva, solo cuento historias. ¿Quieren cerveza con amendoim?
©Walter R.Quinteros-Cuentos de Peremerimbé
Comentarios
Publicar un comentario