Veinticuatro
Hay un apellido subrayado dos veces en el cuaderno de Ponciano, Valdivia. —Mire usted— Me dice Antonio Macías.
Y contaba Benito Ponciano Márquez Cararé, en su cuaderno titulado "Relatos Laicos" que el tal Urbano Valdivia, se le acercó al nuevo cura y le pidió por alguien que le acerque a Dios lo más rápido posible sus súplicas.
—Yo soy la palabra de Dios aquí. —Dice que le dijo Victorino, y que lo tomó del brazo y se lo llevó al confesionario por tres horas.
Cuenta que Valdivia había llegado a Peremerimbé con el primer tren, y que murió vestido con uniforme de ferroviario, cuando los hombres grises ya habían terminado la construcción del dique y las aguas taparon la vieja ciudad. Cuando los árboles sedientos por la sequía de tres años, se suicidaron arrancando sus propias raíces y cuando los pájaros peregrinos cambiaron sus rumbos. Un día que creyó ver el féretro de un familiar navegando en las aguas y se arrojó con toda su enorme pena, para nunca más salir del fondo, diez años después de la noche en que visitó al cura Victorino. Agrega que de las vías hacia el oeste se había fundado la nueva ciudad pero que no respetaron el nombre original de la región y que el gobierno hizo cambiar los mapas y que ahora todo esta vasta región se llamaba Imbuté.
Dice que Valdivia exclamaba en sus largas noches de borrachera, que Dios había puesto en su cama a la mamá del pequeño Didú. Que Didú era un niño enano, pero que él argumentaba que Dios los castigaba por los tremendos pecados de la madre y por su infeliz maniobra del cambio de señales que llevó al descarrilamiento del tren de cargas en el cuarenta y ocho. Que fue Didú, cuando tenía quince años de edad, y que aparentaba de seis, el que prendió fuego al circo, después de soltar a todos los hambrientos animales, cuando sorprendió a su madre en caricias deshonestas —según así expresaba—, en uno de los carromatos del domador Scattollini con la mujer barbuda. También contaba que el niño, nunca había sido bautizado en una Iglesia Cristiana y que le quedó el nombre de Didú, porque ésa fue su primera palabra pronunciada.
Hay una parte que hace hincapié y desde donde creo, Benito Ponciano Márquez, expone textualmente el relato de Valdivia.
"...Mi pequeño había empezado a caminar, caminaba por el piso de ladrillos, como haciendo equilibrio, pero se lo notaba fuerte y decidido y bajo la acacia florecida del patio, se sentó a defecar. Sus heces eran cilindros sólidos que quedaron expuestos a las moscas y al sol y allí, como en un milagro repentino empezó a hablar, decía: didú, didú, didú".
Pero saltando algunos años, aparece otro periodista, Agenor Castro Balbuena, que hace referencia en el periódico "El Nuevo Orden", a un nuevo circo llamado "Didú".
El espectáculo era diferente según lo señala. Alrededor de la gran carpa se instalaba una enorme feria de puestos mercantiles de árabes, bazar, ropa para caballeros, damas, niños, puestos de comidas, visitas guiadas a las jaulas de los animales, y una orquesta que animaba al público. Dentro de la carpa, el espectáculo era, como siempre, la mujer que vuela.
Las críticas y quejas llegaban a menudo a las Redacciones periodísticas, Concejos políticos municipales, Destacamentos policiales y Organismos educativos, para que de alguna forma, se suspenda, censure o elimine el esperado último acto que era muy festejado por gran parte de la concurrencia.
Castro Balbuena lo llama "grotesco"
"Aunque diferente en algunos actos, se repetía la base del libreto —escribe Castro Balbuena—. Unos bastidores de madera y lienzo, simulaban un caserío, las mujeres que lo habitaban no usaban ropa, pero su cara permanecía maquillada como payasas. Los hombres vestían según su oficio, salían de una puerta entraban en otra. Todo era payasesco, una burla a la sociedad bien constituída, pero que despertaba risas por los momentos de alta comicidad, como aquel que protagonizaba el actor enano que cambiaba las numeraciones de las casas, eso complicaba y desorientaba a sus habitantes. Al final, y acompañado por una banda de música y guerra militar, entraba un pelotón vestido con el viejo uniforme de la década del Treinta, conformado por enanos con cachiporras de tela, que restablecían el orden. El cierre variaba, a veces ordenaban a los hombres volver cada uno a su casa. La gente estallaba en risas por las confusiones que se presentaban. A veces, le ordenaban a los hombres guiarse por los que le dictaba el corazón. La gente estallaba en risas al ver que todos iban tras la mujer de mayores proporciones".
Algo demasiado grotesco, alejado de nuestras buenas costumbres, del conjunto de normas que nos rigen, los valores morales y comportamientos que son socialmente aceptados y que nos guían dentro de una comunidad de convivencia armoniosa, respetuosa y ética. Lo rescatable, el espectáculo era solo para mayores de edad. Cierra su artículo, Agenor Castro Balbuena.
No hay datos en cómo el enano Didú, pudo quedarse con el antiguo circo de Enrico Scatollini, treinta años después del incendio, ni tampoco sobre qué sucedió con su madre Ursulina.
Pero rumores posteriores señalaban que los "turcos" y los gitanos, mandaban al cielo a través de alfombras voladoras y globos aerostáticos, mensajes a los navegantes del barco fantasma que merodea por los cielos.
En una disputa por deudas, creen que Didú fue capturado y atado a la barquilla de un gran globo que explotó en las alturas. El cuerpo de Didú cayó al mar desde siete mil metros de altura. Dicen algunos que otros les dijeron.
©Walter R.Quinteros-Cuentos de Peremerimbé
Comentarios
Publicar un comentario