ELLOS ESCRIBÍAN ASÍ

Veinte

—Eso no pudo ser real. Nunca pasó, no existió —Me decía el señor Gazul.

Al notario Farid Saúl Gazul, me fue fácil encontrarlo, ahora ayudaba en la biblioteca que su hija había instalado en un coqueto barrio de Buenos Aires. Aunque nonagenario, lo mismo sentía la necesidad de sentirse activo, pero arrastraba la inseguridad permanente, los temores que dejan los golpes de Estado, las persecusiones ideológicas y esa situación le parecía constante en la sudamérica que eligió para vivir. Logró escapar ayudado por algunos contactos políticos y cientos de aborígenes por caminos que no figuraban en los mapas durante días y noches, hasta que unos cazadores lo dejaron en el río Mompox, donde fue trasladado por tres embarcaciones distintas hasta las costas de un país caribeño y desde allí llegó a la Argentina en un barco de la empresa naviera "Cruz del Norte". 

Él me cuenta esto:
—Entre los registros escondidos en el segundo subsuelo, había un viejo baúl de madera, forrado en tela, y cerrado con llave —que nadie sabía dónde podía estar—. Como le decía, había un cuaderno escrito con lápiz infinito. Sin que nadie se entere, convocamos a un hábil cerrajero. El especialista fue la solución al problema presentado. Disculpe, pero todo eso me causa gracia ahora. Pues lo poco que alcanzamos a leer lo debe haber escrito un guionista de cine muy adelantado a su época. Hablaba de mujeres que volaban. De mujeres que empuñaban rifles y machetes y enfrentaban a las tropas del gobierno muchas veces desnudas o con sus criaturas en los brazos. Nunca supe nada de eso, ni estaba escrito en los libros de historia. Cómo puedo decirle, parecían historias de gente muy rara, muy fantasiosa, tenían costumbres que no aceptábamos, muy difíciles de aclarar, de creer. Pero recuerdo puntualmente el caso de un enfrentamiento que describe entre las fuerzas nacionales y unos bandidos guerrilleros guiados por dos señoras ancianas. Qué imaginación asombrosa.

—Le cuento que un cuaderno parecido a ese pude leerlo, fue muy difícil creer lo que allí estaba escrito, hasta hubo personas que entrevisté, que sus padres y abuelos confirmaban eso. En cuanto a las ancianas sospecho que se trataban de Eduviges y Alcira. ¿Usted recuerda esos nombres?

—Alcira, si. pero solo algo así como generala Alcira. Me parece que si.

—Era Alcira Pérez Monibo. ¿Y Eduviges?

—Creo que le apodaba la "tierna", pero no recuerdo el nombre Eduviges.

—Se llamaba Eduviges Tierna Botero.

—No me diga que fue en verdad eso y entonces ¿dónde fue?

—A veinte kilómetros de donde usted trabajó treinta y cinco años de su vida. Borraron todo. Ahogaron toda esa historia que quedó bajo las aguas del lago Imbuté. Antes que usted naciera. 

—Eso es imposible. Tengo 92 años.

—Usted tenía entonces 12 años cuando mataron a los últimos peremerimbinos. ¿Dónde vivía a sus 12 años? 

—En Marrakech.

—Usted tenía el mejor libro de historia en sus manos. ¿Qué lo hizo?

—No me asuste. Lo volví a guardar. Volvimos a esconder el baúl.

—Como ya le dije, soy periodista de investigación. Trato de encontrar un vestigio de verdad en todo esto. Mi publicación puede convertirse en un monumento literario o en la lápida de mi tumba. Llevo escribiendo esto desde hace seis años, he vuelto a buscar algunos testigos memoriosos y ya casi todos han muerto, o ya no recuerdan nada, o se contradicen.

—Recuerdo que decía que la "tierna" había modificado una máquina de coser a pedal y que sentada sobre una silla hacía funcionar una ametralladora refrigerada a agua y con eso les disparaba a las tropas nacionales desde una ventana, la mataron con una granada alemana de la Primera Guerra Mundial. Debe haber sido la Stielhandgranate. Y decía que pudo ver la mitad de su cuerpo contra una de las paredes y lo que quedaba de sus piernas, caminaban, como que seguían buscando los pedales, enredándose en las enaguas ensangrentadas. No puede ser cierto.

—Benito Ponciano Márquez Cararé y Teófilo Cabanillas escribían así, hace noventa años atrás. ¿Y de Alcira?

—Alcira, por la explosión, decían que había quedado colgada sobre una de las hojas de las grandes puertas. Entonces creo que la granada debe haber sido una Geballte Ladung. La bajaron, cayó al suelo y alcanzó a decir "la tierra es nuestra". Le pegaron un balazo final. Llame a mi hija, quiero volver adentro. No tengo más nada para contarle. Pero anote que para mi era una obra de teatro. Eso no pudo ser real. Nunca pasó, no existió.

—Muchas gracias señor Gazul.

©Walter R.Quinteros-Cuentos de Peremerimbé


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