ERAN EL DIABLO EN PERSONA

 Diez

—Ellos daban miedo.

Me dice Carlos Gómez Zuluaga, mientras la asistente empuja su silla de ruedas. Nos ubicamos frente a la gran ventana que tiene el hogar de ancianos. Una brisa suave, acaricia las hojas de los árboles y el sol se asoma entre las nubes que fueron descargando lluvias por tres días con sus noches en el Guaviare.

—Aquel día ayudé a mi esposa a esconder nuestro niño bajo la cama. Murieron cinco mujeres y quince hombres en el tiroteo. Entre ellos Teófilo Cabanillas, dos de los hermanos Fontana, Marcial Céspedes, el cantor de boleros, el comisionado Benito Ponciano Márquez Cararé, el Yaku Vargas, que era mi cuñado y algunos más. Pero usted debe comprenderme, no me es fácil a esta edad. Cuando vino hace un tiempo atrás, otro periodista, que no recuerdo cómo se llama, creo, el escribió todo lo que le dije y me dio el papel para que lo guarde, no se llevó nada de lo que le dije, a menos que haya tenido una memoria prodigiosa, pero me dio la sensación de que se iba algo decepcionado conmigo. No se cuánto tiempo me queda de vida, pero quisiera morir sin sufrir el dolor de un balazo, y ver que mi sangre se esparce en la tierra. Como murieron ellos, aquella mañana. Yo vi morir primero a uno de los Fontana, a Fontana el macho, que recibió un balazo en el vientre, se torció para adelante y abría los ojos bien grandes mientras caía de rodillas y miraba sus manos ensangrentadas, se quejaba del dolor y sus lamentos espantosos tapaban el sonido del vuelo de las aves asustadas, que volaban desordenadas buscando lugares seguros. Así de fuerte eran sus ayes, tapaban los ladridos de los perros, el escándalo de los puercos y de las gallinas, el ruido de los motores y las radios encendidas, y lo dejaron así, gritando mientras se desangraba. Ponciano, en cambio, caía en silencio, parecía que buscaba los agujeros en su cuerpo, primero arrojó el sombrero, después se quitó el saco y la camisa, escupió el habano grueso y lanzó un insulto contra el presidente Benavídez. Eso asustó a los otros que no tuvieron reflejos para ordenarse y el que se asomaba, moría. Porque el gringo tenía muy buena puntería, hacía ráfagas cortas con su ametralladora y después con un fusil y después con una pistola. Tenía más puntería que el sargento, que tiraba por más tiempo y rompía todo a balazos. Estaban parados uno al lado del otro, como que si algo les pasaba, morían juntos. Yo los vi. Eran el diablo en persona. Andaban juntos, y fueron a buscarlo a Cabanillas que salió pidiendo un arma, con su traje blanco y su sombrero de ala ancha en medio de la humareda de pólvora quemada y el griterío ensordecedor y allí se separaron los dos, cuando lo vieron a Cabanillas, el sargento se colgó el arma vacía y sacó un revólver Colt de su cartuchera y caminó hacia él. En cambio el gringo agarró a la enfermera de los pelos y la tiró a la calle y mientras le pisaba la cabeza con sus botas llenas de barro, cargaba nuevamente el arma y seguía tirando. Y es ahí donde mata al segundo de los Fonseca, Emiliano, que había llegado hasta el techo de la estafeta de correos para apuntarles. También mata al perro de Juárez, que le ladraba insensible a los tiros y le destrozó el hocico. El perro tiritaba, se sacudía en el medio de la calle hasta que quedó quieto, cerca del Macho que se arrastraba por la calle gritando de dolor. Ese gringo era un loco de mierda. En cambio el otro, el que tenía la cara tapada con barro, y las insignias de sargento, parecía querer morir, no le importaba nada. Recuerdo que abrí la puerta gritando para que paren con eso, yo gritaba, ¡basta, basta ya hombres! Yo gritaba por el llanto de mi madre y de mis hermanos, de mi mujer y mi bebé, y por la pobre enfermera que en cada soplido levantaba la tierra de la calle. Siempre digo que lo mío fue un acto suicida. El gringo no me vio, pero el sargento si, entonces me apuntó y me tiró, la bala me debe haber pasado cerca. Me quedé paralizado levantando mis manos y entonces me dejó y se enfrentó con Cabanillas, Yo caí arrodillado mis manos arriba, por sobre mi sombrero y así me quedé, mirando todo".

—¿Quién pudo haberle alcanzado un arma a Cabanillas?

—Claro que recuerdo quién le alcanzó el rifle a don Cabanillas, fue la loca de la Oscara Barragán Puebla, la Cachita. Ella le dijo algo que no entendí, no me acuerdo, y se escapó por la callecita para el monte, con sus hijos. Ella no lo vio morir, yo si.

—¿El que se encargaba de todo el tiroteo era Jensen, pero Illapha Tavares, qué hacía?

—Nos enteramos de sus nombres mucho tiempo después. Pero no había diferencia más que en la puntería de uno y del otro y Tavares reía, su risa era fuerte, reía.

—¿Es verdad que estuvieron frente a frente Cabanillas con Illapha Tavares? 

—Si, yo los ví. Que quede claro que fue Cabanillas quien tiró primero. El sargento se reía y disparó el arma después, y el tiro dio en el pecho, el pobre de Cabanillas caminaba hacia atrás. Y cayó, hizo un intento por levantarse mientras el milico se le acercaba. Ahí es donde aparece el resto de los que murieron, esa pausa le dio tiempo al rubio para soltar a Teresa Paniagua y volver a cargar el arma, no dejo a nadie en la calle. A mi me parece que seguía sin verme yo me quedé tirado en el piso, boca abajo, pero ya no escuchaba nada, todo era como una pesadilla que transcurría lentamente. Tomasina Duarte cerraba los ojos mientras intentaba alcanzarme con su mano, los enfrentó desnuda, con un machete y una lampa filosa en las manos. Los vidrios de las ventanas se despedazaban, las ramas se quebraban, el viento arremolinaba la tierra y el humo de la pólvora quemada y el matador de Cabanillas pasaba sonriendo como si nada ocurriera por mis narices, y fue hasta las ventanas del salón comunal y de su morral sacó explosivos, encendió la mecha y se fueron. Exactamente por dónde entraron, se llevaron a Teresa tirándola de los pelos. Solo en unos pocos metros hicieron eso. Yo me arrastré hasta la puerta de casa y la explosión me empujó hacia adentro, estuve por eso casi dos meses sordo. No estaban todos muertos, los heridos quedaron allí, muriéndose lentamente hasta que al otro día llegó el ejército. Nosotros los abandonamos porque pensamos que ahora entrarían los otros soldados. Mi mujer, Herminia, sacó a toda la familia de ahí, y nos llevó hacia los platanales, más allá de los sembradíos.

—¿Recuerda a Servando Serna, De León, Zurita Copertuno, Chacón?

—Serna era pescador de los Virasolo, De León era el encargado del salón social, alcanzó a escapar, pero me parece que los otros eran de la Turma, chambeaban.

—¿Y lo del puente?

—Son mentiras, eso fue un engaño del gobierno para justificar el ataque. Por el puente ingresó todo el ejército.

—¿Pudo verle la cara al sargento?

—Yo creo que ni siquiera el finado Cabanillas, ni Ponciano Márquez, ni nadie vio el rostro de su matador. Cuando a mi me tiró vi a un tipo con la cara llena de barro, tenía un sombrero de lona que le daba sombra en la cara, daba miedo verlo. El otro era un gringo lampiño bien rubio. Con el tiempo se consiguieron algunas fotos de ellos. Todos reconocimos al gringo y supimos que se llamaba Jensen, que tenía los atributos de cabo primero del ejército, al otro era imposible reconocerlo. Parecía Pedro Infante cuando reía. Pero quiero que sepa amigo periodista, que nadie se creyó ese cuento que anduvieron publicando por todos lados diciendo que el famoso Illapha Tavares haya sido asesinado de treinta y seis balazos en Moncadas. Aparte, durante veinte años después de lo de Naranjillos y veinte años después del tiroteo de Moncadas, siguieron persiguiéndonos, siguieron asesinándonos.

—¿La relación posterior entre ustedes y el gobierno?

—El gobierno nos fue reasignando lugares donde vivir a los pocos que nos presentamos a recuperar nuestra tierra, la de nuestros padres y abuelos. A la semana no quedaba ni una casa en pie. Borraron Naranjillos de los mapas. Igual que a Peremerimbé. Ahora están sacando petróleo, donde mis padres y yo plantábamos zapallos.

—¿Por qué se habrían llevado a la enfermera Teresa Paniagua?

—Cuesta entender eso. Después decían que ella era una traidora a la causa. Era la enfermera que teníamos, ella hablaba en guaraní, cantaba en guaraní pero escribía en castellano. Vivía con sus padres por la misma calle pero más al fondo. Sus padres murieron de tristeza en Mapuyo, ella era soltera y su sueño era vivir en la capital para estudiar medicina. Una negra linda, jovencita, tal vez de veinte años o menos quizás. Nadie se tomó el trabajo de contar algo sobre su vida, creo que la ligereza de las lenguas la señalaron como traidora. Aunque yo conté lo contrario, todos decían que ella se fue con ellos sin resistirse. Yo dije que cómo podía resistirse una joven menuda y frágil, ante semejantes locos que mataron a veinte guerrilleros de la Turma sem bandeiras. 

—¿Me quiere contar algo más que recuerde?

—Recuerdo a mi cuñado José Atilio Vargas, el Yaku, que empuñaba el fusil que le había dado Carlos Fontana, estaba agazapado tirándole a los milicos desde adentro de su casa, cuando me vio tirado en el piso y el zonzo saltó la ventana y venía corriendo hacia donde yo estaba tirado. No se de dónde sacó un puñal el sargento y se lo tiró, se lo clavó en la espalda y cuando estaba el el suelo, su cuerpo era sacudido por otra ráfaga de ametralladora del gringo. Fue al que más tirotearon. Otra cosa que recuerdo fue cuando vino la aviadora Marcela Da Silva, la que era amante o esposa de Javier el macho Fonseca. Eran aquellos días en que andábamos con los papeles reclamando el pago de nuestra tierra en Manvatará. Yo la reconocí en la fila de la procuraduría, pero no la saludé. Pensaba que por culpa de ella y el Fontana y los Fonseca habían armado a nuestros amigos para defender "la causa" que Teófilo Cabanillas se empeñaba en pelear desde sus papeles y lápices. Recuerdo que cuando ella llegó a la ventanilla la detuvieron, se la llevaron para adentro. Corrí a mirarla por el pasillo, pero su figura se iba desvaneciendo a través de los vidrios de las puertas vaivenes, y nunca más supe de ella.

©Walter R.Quinteros-Cuentos de Peremerimbé.




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