ÑA LOISA

Quince

La hija de doña Juana Arce, Lidia, me contaba lo que su madre le había dicho una vez, estando con la ñá Loisa de Mamani, allá lejos y hace mucho tiempo.

Dice que:
—"Ñá Loisa arrojó el agua del lavatorio donde se lavó la cara y las manos al piso de tierra, cerca de las plantas, que se cubrió el cabello con el pañuelo y empezó a preparar la masa para hacer el pan. Ella siempre tenía la precaución de dejar un tronco grande en llamas para que al amanecer siguiente quedaran algunas brasas y más otras leñas nuevas que agregaba, tenía siempre el horno caliente y algo de agua hirviendo, luego la señora Eloísa, tomó una infusión de hierbas cocidas, sabía sentarse siempre en una vieja silla de mimbre, mirando a las gallinas que picoteaban migajas y maíz, debajo de los parrales y las moras, sabía que debía tener el pan calentito para cuando llegue el tren, más los diez salames que le alcanzaba su hermano Ernesto y los quesos cortados en porciones de cuarto de kilo que entraban en una sola canasta. Ella siempre hacía eso. Era una mujer que pensaba que ya estaba vieja para eso de andar ofreciendo mercadería por el andén de la estación. Le recordaba eso a mi madre, que la semana anterior le había dado un dolor punzante cerca de la cintura y que todo el domingo a la tarde estuvo acostada sola, mirando por la ventana como el viento norte sacudía los árboles". 

—¿A qué se dedicaba su madre, señora Lidia?

—Mi madre hacía sanaciones, con hierbas y oraciones. Trataba dolencias físicas y emocionales. Por eso era famosa. Y supo contarme que fue a verla a la ñá Loisa y a preguntarle qué es lo que le pasaba porque no la había visto en todo el día, aunque sabía que a eso de las doce horas salía para la estación de trenes a vender el pan, pero que esa vez le dijo: "Pero amiga y vecina ñá loisa, usted siempre anda dando vueltas por el patio y como no la vi me inquieté y me dije que seguramente algo malo le pasaba, o que a lo mejor se enteró de lo que dice la gente que dicen sobre su hija". Mi madre me contaba que la doña Eloísa espiaba impaciente hacia adentro de su casa humilde. Que desde el patio miraba un largo pasillo con cuatro puertas, las dos primeras eran de los dormitorios, el de la izquierda el que ocupaba ella, sola desde su viudez porque al bruto de su marido el Remigio Mamani se le dio por hacerse soldado primero y revolucionario después, en las filas del comandante Elerguido allá en Peremerimbé, hasta que nadie sabe cómo el bueno del comandante murió adentro de un gallinero, y que después su marido el Remigio, fue haciéndose guerrillero junto al doctor Teófilo Cabanillas y que cayó muerto en la batalla de Naranjillos matado por dos milicos locos, según le contaron y que ella recordaba que una tal Marcela da Silva, una negra linda de dientes bien blancos, y otros hombres le alcanzaron el reloj de su marido el Remigio, pa' que lo tenga de recuerdo. 

—Remigio entonces era un hombre muy mayor de edad cuando nace Clementina...

—Déjeme decirle que en aquellos tiempos era común ponerles los cachos a la pareja de uno, parece. Pero ñá Loisa era una mujer grande cuando quedó embarazada también. Hay momentos en que el impulso y la energía de las cincuenta mil hormigas que uno lleva en la sangre, no dejan pensar, y el amor y esas cosas se van al carajo. Pero Mamani la aceptó como suya a la Cleme. Bueno, el caso es que decía mi madre que ñá Loisa supo contestarles a los guerrilleros que le compraron todo el pan y otras cosas que:
—Es lejos Naranjillos para llevarle flores. 

—Este relato suyo inspira una buena historia...

—Gracias. Y me dijo mi madre que también recordaba que ñá Loisa se llevó el reloj a la oreja para saber si todavía tenía cuerda y que no sabía qué hacer con él. Le dijeron que cuando uno muere, el reloj también deja de funcionar, que le dijeron asi; 
—Mire Ñá Loisa, murió en combate con los milicos a las nueve y cuarenta y dos. Le señalaron, ellos. 

—Su madre, doña Juana Arce, ¿le contó de la pelea entre entre ñá Loisa y su hija Clementina?

—Si, claro. Decía mi madre que la puerta del pasillo de su derecha, si usted entraba por aquí, —hace señas, como describiendo la casa— era de la pieza de su hija, la Clementina Pura Mamani, que siempre llegaba tarde en las madrugadas porque tenía su parada de puta en la estación de venta de combustibles y que allí probaba suerte con eso de vender su cuerpo a los camioneros o a la guardia nacional o a quién tenga dinero que siempre venía bien, y más en aquellos tiempos. Para eso la "Cleme" no usaba ropa interior y se ajustaba bien los vestidos sin mangas. Las otras dos puertas que se veían más allá eran dos grandes salas comedores, porque en la época en que venían los hombres grises a hacer el dique que cubrió con sus aguas a Peremerimbé, ella les daba de comer por módicos precios un plato de guiso abundante, el de la izquierda era para los obreros, el de la derecha para los capataces, allí las mesas tenían mantel de algodón y que por un poco más de dinero les vendía carne asada. 

—¿No sabe si trabajaba sola, o la ayudaba alguien en Moncadas?

—La verdad, la verdad, a eso no lo sé. Pero seguramente que si. Porque habían llegado muchos soldados también. Imagínese, hombres verdes, hombres caqui, hombres grises...

—¿Por qué le decían hombres grises?

—La gente era muy loca en aquellos tiempos. En vez de llamarlos soldados, empleados, u obreros, los llamaban por el color de la ropa de trabajo. 

—Volvamos a la discusión de ñá Loisa con Clementina

—Si, claro. Mi madre me dijo que la Clementina se levantó y pasó por la galería para el baño sin saludarlas. Me contó que ella la siguió y le dijo que "hacía dos semanas que no dejaba plata para los gastos de la casa, que eso de andar de puta ella lo había aceptado porque pudieron hacer arreglos en la casa y que instalaron el tanque de agua sobre el techo y que también se conectaron a la caja de los fusibles comunitarios de la electricidad de la Compañía de energía, pero que ella, su hija, debía recordar que ella, su madre, no necesitó eso de andar acostándose con otros hombres en su triste viudez, para vestirla y darle de comer y mandarla a la escuela". Pero que la Clementina le puso el pasador a la puerta del baño. 

—Una situación bastante incómoda para su madre que estaba allí, Lidia.

—Si, pero estaba acostumbrada a esas situaciones por los trabajos que ella hacía. Y me dijo que entonces fue que ña Loisa levantó la voz. —¡Ya ni siquiera sos una buena puta! -dice mi madre que así le gritaba ala Cleme-, porque vino mi vecina Juana Arce a decirme que dicen y dicen todos en toda la ciudad, que lo único que haces es encamarte con ése vendedor de terrenos el tal Illapha Tavares, que no te deja ni una moneda y te pone de rodillas abajo de la mesa para que le acricies su cosa, mientras él juega a los naipes con otros hombres. ¡Qué clase de puta eres! ¡Acaso no sabes que él asesinó a tu padre!

Traté de mantenerme en silencio, observaba a Lidia mientras se recogía el cabello y lo sostenía con una prensa, tenía un lunar en su cuello largo. Sigue contando.

—Y que doña Eloísa golpeaba con sus puños la puerta del baño que tenía puesto el pasador. Mi madre, me dijo que ella salió caminando despacio hacia la puerta de la calle, asombrada ante tanto bullicio. Pero lo mismo escuchaba que le gritaba que todos decían que ese tipo fue uno de los milicos que mató a su padre en Naranjillos ¡Magrinha de mierda! te ven hacer las cochinadas porque a él le gusta dormir con la ventana abierta, y que ya te dijeron que nunca más nadie te va a dar un billete por tus favores cuando él se vaya y que ya va a haber otras mujeres que ocuparán tu lugar! Mi madre me decía que ella veía que estaba agitada ñá loisa, que tomaba aire y que seguía gritando con fuerzas. ¡Con la falta de putas que hay en estos tiempos de gobiernos conservadores hijos de una gran mierda!

—Creo que desde la calle y todos los vecinos de Moncadas deben haber escuchado eso...

—Si, claro. Mi madre me dijo que se quedó espiándola, ve que ñá Loisa maldice porque debe poner el pan en el horno y sigue protestando, sigue insultándola. —"Yo voy y vengo con la canasta de aquí a la estación, de la estación de trenes para aquí, y la señorita Cleme, —hace un gesto cómico—, Ahí va la Cleme, hola Cleme, tás linda Cleme", puta de mierda. Ves que tu madre se está matando haciendo pan y ni siquiera en dos semanas ayudas con dinero, por estar "namorada e transando", con viejos, "dicen que la Cleme tá namorando, ñá Loisa". 

La nieta de Lidia llega y la abraza, ella le dice que vaya a jugar que tiene que hablar cosas de mayores, la nieta me mira, me muestra un juguete de tela y sale. Lidia sigue hablando. 

—Ahí me contaba mi madre que alcanzó a ver a ñá Loísa que ella vuelve a pegarle a la puerta del baño que da hacia la galería, y que estaba después de la cocina, y que le grita a la Clementina. —"¡Salí de ahí y deja de pintarrajear tu cara! Y si no te gusta, mándate a mudar de aquí. ¡Déjame sola, que yo me las arreglaré sin las habladurías de toda la gentuza de este pueblo de mierda!" Me dijo que entonces se hizo un silencio inquieto en el patio. Que ella miraba como Eloísa cerraba la tapa del horno. Que ve que la Clementina abre la puerta del baño y pasa para su habitación. El perro de la casa la descubre a mi madre y se le acerca, pero que solamente le mueve la cola. Entonces la Clementina sale con un bolso con ropas y va hasta la puerta, la ve a mi mamá, no la saluda y desde la calle le grita: "¡Vas a ser abuela vieja loca, vas a ser abuela!" Me dijo mi mamá que vio que Eloísa se sentó abatida en la sillita de mimbre, y que ahora el sol la iluminaba. Mientras ella se moría. A lo lejos, me dijo, se sentía el silbato del tren que llegaba.

©2013-Walter R.Quinteros-Cuentos de Peremerimbé


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