Diecisiete
Ella estaba sentada en una vieja poltrona de madera y mimbre abarquillado, en un rincón penumbroso de la sala, dónde habían sobre sus muebles raros objetos que me parecieron mágicos.
—Yo soy Ofelia Olivia Ortigoza, te puedo contar sobre Cipriano, puedes sentarte si quieres.
Entonces comenzó su relato con cierto desánimo, como si lo hubiese repetido mil veces a mil personas distintas durante estos últimos años de espantos. Quien fuese el sargento más odiado del ejército nacional, volvía una vez más a su mente.
—Cipriano era una persona afable —empezó a hablar antes que le pregunte algo—, él abemolaba su voz, especialmente cuando nos hablaba a nosotras, las mujeres. Tenía esa inconfundible fragancia que tienen los machos, esa altanería propia de los que se sienten seguros. Buen hombre, era un buen hombre. A mí me gustaba seguirlo con la mirada por todo el hotel, esperaba que saliese, esperaba que volviese, saludaba con una sonrisa encantadora y cerraba la puerta tras de sí. Cuando bajaba a comer, siempre lo atendía yo, le gustaba sopetear el pan en las salsas y el caldo, y comía mucho beicon frito con huevos y café negro en el desayuno, una vez me contó que esa costumbre la había adquirido en un pueblo que ya no está más, que se llamaba Peremerimbé y yo entonces le dije que tenía una foto donde salgo pequeña, muy pequeña, al lado de un cura medio loco que trajeron de no sé dónde sus hermanos, porque decían que se había enfermado picado por los mosquitos tsé tsé, decían.
—¿Se llamaba Arnulfo Sepúlveda?
—Si, ése mismo, que en su locura también decían que él decía que en ese pueblo las mujeres volaban. A mi me asustaba con sus pelos duros y negros y con eso de que se le había dado por tomar la misma agua de los caballos. Una vez, para entrar en conversaciones se lo conté a él. Y me preguntó si se trataba de Arnulfo Sepúlveda y yo le pregunté a mi madre y mi madre me dijo que le dijera que sí. Entonces Cipriano me dijo que el cura no estaba loco, que si había mujeres que volaban en Peremerimbé, y me pellizcó la cara. Me fui enamorando de Cipriano, no sé si de repente, pero tenía un ansia grande de él, de sus cosas, de su cuerpo.
—Cuénteme, si recuerda, de la última noche de Cipriano en este pueblo.
—Él caminaba entre las mesas dispuestas en la plaza. Parecía despedirse en cada saludo espontáneo y lanzado al azar, entre toda esa gente que apenas lo había visto. Él lucía hermoso. Se había puesto un terno de color tabaco, una camisa blanca que yo misma le había planchado la tarde anterior y una fina corbata de seda marrón. Lucía hermoso, de verdad.
La señora Ofelia hace una pausa, creo ver en la penumbra de la sala, unas lágrimas en su rostro.
—¿Era una fiesta popular, Ofelia?
—Hijo, aquella celebración eran nuestras fiestas patronales y tocaban cumbias las orquestas de Los Tico Tico Good Show y la del gran Tito Castañares y los Románticos de la Rumba en el escenario.
—¿Había entonces mucha gente?
—Te cuento que desde temprano había puestos donde se expendían bebidas, fritangas y carne asada, dulces, globos, serpentinas y estampitas. Era un día maravilloso, sin borrachos ni disputas callejeras, y hasta la policía parecía festejar el acontecimiento que el mismo cura don Alfonso Pietri, bendijo desde el campanario, antes de la suelta de las palomas y del estridente sonar del carillón. Yo solo miraba a Cipriano, lo seguía con la mirada. Lo seguí siempre, vestido tan elegante, bebiendo hasta más no poder, saludando efusivamente a los paisanos, manteniendo una postura digna, agradable.
—¿Por qué lo miraba tanto?
—Porque creo que ya lo amaba, que lo amaba intensamente, lo necesitaba, lo ansiaba. Y él, estaba allí, a solo unos pocos pasos míos, caminando entre las mesas, con su sonrisa encantadora, con sus manos aplaudiendo al final de cada canción, incitando a todos a pedir otra más, y otra más. Vivaba a Tito Castañares y al gordo Bolo Valladares, el timbalero, sacándose el sombrero. Si, creo que a él, la música le gustaba, le gustaba mucho.
—No, pero hubo algo que me llamó la atención. En el momento en que no aguanté más y me levanté para buscarlo y decirle que baile conmigo una canción que estaba de moda, y que escuchábamos por la radio, lo vi perderse entre todos y volver al hotel de mi madre, lo vi cruzar la calle y me quedé mirándolo, sin saber qué hacer, me di vuelta hacia el escenario porque el presentador anunciaba que ahora Tito Castañares y su orquesta interpretarían "No sé porqué" y volví a buscarlo con la vista, hasta que de repente vi su silueta a trasluz por la ventana, vi que apagó la luz de la habitación donde estaba alojado y me hirvió la sangre, me llené de furia y dejé la plaza. Caminé apurada entre la gente, casi a los empujones, me fui abriendo paso, crucé la calle y entré decidida por el zaguán, mi madre no estaba en el mostrador ni en la cocina, entonces subí las escaleras que llevan a las habitaciones y mientras lo hacía, iba apagando las luces y desvistiéndome, arrojando mis prendas a cada paso, hasta llegar a la puerta de su habitación totalmente desnuda, totalmente desquiciada, sin razón.
Puedo escuchar una leve risa contenida entre suspiros. Los recuerdos, parecieron generarle emociones intensas, me parecía que aquellas sensaciones le eran inolvidables.
—Pensé que era atributo exclusivo de los hombres, enamorarse así, Ofelia.
—Hijo, creo que yo estaba totalmente loca, puramente enamorada, no lo se, pero entré con furia y allí estaba él, acostado, haciéndose el dormido y quieto, bajo una nube de mosquitos molestos. ¿Sabés que hice? En silencio, sin estropear la solemnidad del momento, cerré los postigoness y las cortinas de tul y me acosté a su lado, de atrevida nomás. Entonces pareció reaccionar y sus manos tomaron mi cuello con la ligereza de una áspid, sus dedos tocaron suavemente mi cara, mi pelo, mis pechos, recorrieron todo mi cuerpo sin detenerse, hasta llegar a los tobillos. Yo me retorcía de placer, gemía, y con un simple gesto tomó mi cabeza y la condujo hacia donde él quiso. Cada una elige cómo dejar de ser santa, ¿no?
Ríe, nos reímos.
—Mi madre tenía los discos de Tito Castañares y recuerdo que a ella le gustaba esa canción, señora Ofelia.
—Yo también la tengo, ya la vamos a escuchar. Lo recordaremos así.
—¿Es verdad que la policía la despertó?
—Esa fue una alcaldada muy grande eso que hizo la policía ciudadana de venir a meter las narices aquí, con las calles y la plaza abarrotadas de gente, buscándolo a él, entonces me rebelé, abrí las ventanas de par en par, y me asomé mostrándome totalmente desnuda, hasta hice un minuto de silencio por la muerte de mi virginidad y algo les grité, no recuerdo qué, pero algo les grité y todos rieron. Después mi madre me abofeteó, me dio de cachetadas por la vergüenza que pasaba y me trataba de desquiciada. Me encerró en mi cuarto, a oscuras, a solas con la foto del cura loco que parecía seguirme con la mirada.
—Arnulfo...
—No sé si tu sabes de casualidades, pero ese cura Arnulfo, murió de viejo tiempo después que supuestamente asesinaran a Cipriano. Justo cuando andaba un circo por aquí mostrando a una mujer que volaba sobre un burro.
—¿El circo del pequeño Didú?
—Sí, ese mismo enano pervertido que engañó hasta a los turcos.
—¿Es verdad que usted conoció a la señora Arminda Beatriz Pineda?
—Ella vino a éste pueblo, con ese aire de grande señora que quería ostentar. Aparentaba no tener ni una pizca de mácula alguna. Pero para mí era una mujer abyecta, qué sabía cómo satisfacer a un hombre, y eso, querido, sólo lo saben las putas expertas, que ponen cara de ovejas que las están esquilando para pasarla bien. Pero yo desobedecí a mi madre al enterarme que ella se había alojado en el hotel, dos días después que él se fue. Durante ése tiempo, desde la golpiza por mis calenturas, hasta que salí, me habían tenido a infusiones abortivas. El lunes al mediodía, mi madre entró a mi cuarto y me dijo que habían matado a mi hacedor por todos los crímenes que cometió y que era una venganza de los peremerimbinos y, que la rubia de su mujer estaba alojada en el mismo cuarto y que la policía ya la vendría a buscar, porque tenían claros indicios para detenerla, eso me dijo que le dijeron. Fueron unos minutos descabellados y tuve en esos momentos, una serie de pensamientos inapropiados, propios de mi edad. Salí corriendo furiosa, subí los escalones hasta la planta alta y entré alocadamente a su cuarto, al cuarto de mi amado.
—Recuerdo, que al entrar le puse la traba a las fallebas, y que ella estaba sentada en la cama con la misma valija de mi Cipriano, digo que era la misma valija porque estaba llena de cartas, todas dirigidas hacia ella y que la muy zorra estaba contestando una por una, fecha por fecha.
—¿Contestando sus cartas?
—Si, y me dijo; "Estoy esperando a mi marido", me dijo con una cara de susto que ahora me dan ganas de reírme. Pero en ése momento pensé en matarla, en asfixiarla con mis manos, en arrojarla a la cama y quitarle toda la ropa hasta dejarla en su mayor desnudez y saber qué carajo tenía ella que yo no tuviese, y arrancarle a mordiscones cualquier vestigio, de Cipriano sobre su piel. Quería poseerla, quería hacerla mía, quería que esa mujer, de unos veinte años mayor que yo, me muestre el secreto que tenía entre sus piernas para atrapar a un hombre que no le tenía miedo a la muerte por ella. Zorra, la muy zorra.
—¿Quiere, señora Ofelia, que sigamos en otra oportunidad?
—No sé cuánto tiempo me queda –me dijo desde la languidez de su voz.
—¿Recuerda algo que ella le haya dicho?
—Me dijo que, estuvo pasando las manos por todo aquel lugar que ella creía que él había tocado, la mesa, las sillas, los grifos del baño, las cortinas. Me dijo que quería dormir y soñar lo que él había soñado en aquel cuarto, y bueno esas cosas. Ahora ayúdame a levantarme.
Caminé en la penumbra de la sala y la tomé de los brazos. Ella era una mujer delgada, elegante, dispuesta, de cabello entrecano.
Sola, sin necesidad de ayuda, pero caminando pausadamente, fue hasta el tocadiscos y lo encendió. Los objetos adormecidos sobre los muebles, parecieron recobrar la vida y el brillo que alguna vez tuvieron. Las luces tenues, ahora iluminaban todo, desde la poltrona hasta los floreros y los cuadros colgados de las paredes. La vi poner un disco y la música me pareció familiar. Y entre las sillas y la mesa de la sala, empezamos a cantar y yo golpeteaba con mis dedos la madera de la mesa como si fuese el Bolo Valladares y luego me tomó de los brazos, solté mis apuntes y mi lapicera timbalera y bailé y canté con ella esta canción del gran Tito Castañares.
"Si a mí me gusta el ron cubano.
Y beber vino argentino.
Si me gusta fumar un buen cigarro.
Y saborear el pisco peruano.
¡Ay, no se por qué!
No sé porqué
tú sigues a mi lado.
No se por qué.
Si a mi me gusta ir a bailar temprano.
Y de los argentinos el tango.
Danzar un samba brasileiro.
Y la cumbia de los colombianos.
¡Ay, no sé por qué!
No sé por qué
tú sigues a mi lado.
No sé por qué.
Si a mi me gustan todas las mujeres.
Como volver de madrugada.
Si a mi me gusta el café caliente.
Como me gusta verte enojada.
¡Ay, no sé por qué!
No sé por qué
tú sigues a mi lado.
No sé por qué, he he hé.
Reímos y volvimos a sentarnos. Entonces me di cuenta que había un pequeño mono de alambre que golpeteaba platillos de bronce, sobre una alta repisa. Que varias muñecas habían recobrado vida a través de cuerdas que ninguno giró. Que el reloj, había vuelto a funcionar y que las flores en los floreros renacían en brillo, color y perfume. Y que ella misma parecía rejuvenecer. Hasta que apagó el tocadiscos y todo volvió a la penumbra y al silencio.
Ella ya estaba nuevamente sentada en la vieja poltrona de madera y mimbre. Así recuerdo a la señora Ofelia, despidiéndome con el ritmo de aquella canción en mis oídos, quizás envuelta en cierta incertidumbre que no le permitía detallarme las cosas con mayor claridad.
Me desea buen viaje la señora Ofelia. Ya llegaba a la puerta cuando me dice que aún le faltaba algo interesante para contarme.
Di la vuelta y esta vez me senté a su lado.
—Cuénteme —le dije.
—Hay allá, en el cementerio de Cerro Bonito, una tumba muy extraña. No tiene nombre, no hay fecha, nada. Solo tiene una cruz, y en la cruz, hay un puñal militar. Cada tanto va una pareja de ancianos a dejarle flores, son flores amarillas, muy bonitas. Me contaron eso.
©2013-Walter R. Quinteros-Cuentos de Peremerimbé
Foto: Helen Browne
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