UN HOMBRE COMÚN

Trece

—Illapha Tavares no existíó. El gobierno creó ese nombre de fantasía para un hombre que se fue infiltrando entre los peremerimbinos para asesinarlos. Creo que nunca sabremos su verdadero nombre, o si fueron dos, o tres, ni cómo ni cuando murió, si es que murió. Había que detenerlo, no matarlo. Desde el Imbuté hasta el Ferroso, mil kilómetros de norte a sur, y seiscientos de este a oeste. Habíamos encontrado cientos de hombres llamados Cipriano, llamados Illapha, ni hablar de lostipos con apellido Tavares. Eran petisos, gordos, indocumentados, delincuentes, vendedores, poetas, artistas, flacos, altos, y hasta hubo uno rubio de pelo largo, artesano trabajador del cuero y sordomudo. Detuvimos a un montón de ellos, la Policía Nacional detenía a todo aquel que en algo se le parecía.  Hasta hubo una vez cuatro Cipriano detenidos en la comisaría de Mandisolá presos porque era el cumpleaños de un ex guerrillero peremerimbino, un tal Epifanio De León y con fiesta custodiada porque era cuñado del alcalde Chacón, y el tipo se fue a orinar y lo encontraron muerto atravesado con un estilete en la garganta sentado en el inodoro. Me causa gracia la gran desesperación posterior de mis colegas, yo aquí tenía presos dos Cipriano más, ¿y?

—No sabía esa historia señor Muñoz.

—Nadie sabe nada —aclara el ex agente detective Villegas—, todos prefirieron callarnos y silenciarnos. El Ejército no colaboró, siempre aclaró que lo dio por desaparecido, nos entregó fotografías de él y nada más. Mire este tipo, mírelo bien, al lado hay un rubio.

Me alcanza una fotografía vieja donde se ve claramente la cara con rasgos latinos y bien formados de una persona con uniforme de combate, de aproximadamente treinta años.

—Un hombre común.

—Exacto, ahora mire bien, es igual a cualquier otra persona, pero su fisonomía cambia si le agrega bigotes, si le agrega barba, si se cambia el peinado, si usa sombrero. Es así de maravilloso esto de ser un tipo común y corriente mezclado entre personas comunes y corrientes. Somos todos iguales. Todos hijos del mismo cacique, con distintas huellas digitales.

—¿Para usted el muerto de Moncadas ¿Era...?

—No. Era una trampa más de ese hijo de puta —interrumpe Muñoz—.

—¿Quién era entonces?

—En un pueblo del alto, llamado Mapuyo, se había reportado la desaparición de un jornalero, para mí era él —dice Villegas—.

—¿Porqué entonces no…?

—No nada, las comunicaciones no tenían la velocidad que tienen ahora, cuando nos enteramos de este mapuyense ya habían pasado ocho meses del juicio y ya estaban muertos los Barragán y los otros dos en la cárcel.

Muñoz bebe otro trago, acerca su cara picada de viruela a mi grabador, lo examina y mirándome a los ojos fijamente, me dice:

—Siguieron matando a todos los descendientes de peremerimbinos, a los refugiados de Naranjillos durante estos veinte años posteriores, a los de Moncadas y a los de Sâo Vicente. A todos de la misma forma, del mismo jeito, descorazonadamente, sin una mínima pizca de piedad. Para mi el gobierno había fabricado un grupo de hombres que se convirtieron en una máquina que mataba, muy parecidos físicamente, los convirtieron en una marca, en un estilo de vida, una corporación, un ente. 

—Llegué hasta usted Muñoz, porque me dijeron que...

—Le dijeron bien, a mi me perdonó la vida. Fue la misma noche que mató a Jaime Zurita Copertuno. Ese tal Illapha Tavares, el famoso vendedor de tierras que alguna vez fueron de los peremerimbinos, jamás pudo haber sido el asesino de los sobrevivientes de la masacre de Naranjillos, ni tampoco me parece que haya sido el hombre asesinado en Moncadas. Pero es muy parecido al de la foto. Nunca más lo pude encontrar.

Me dice Villegas:
—Cuando estábamos en servicio, alcanzamos a hablar con Tobías Barragán, uno de los asesinos de ese tal Tavares y él nos contó que quienes le habían contratado le habían dicho por un llamado telefónico que debíamos esperarlo frente a la casa de la señora Arminda Beatriz Pineda, y que el tipo en cuestión andaba vestido así y asá y que debía hacer justicia pues ese era el tipo que había matado a su madre, la Cachita Barragán Puebla mientras oficiaba sus servicios de dama solidaria a todos los trabajadores y engrupidos gringos de mierda que pasaban por allí haciéndose los distraídos, mientras el gobierno aplastaba casa por casa en miles de escombros para que se instale allí la petrolera. Eran unos infelices que ni saben a quién mataron veinte años después de la muerte de su madre y es cierto que fueron bien pagos para decir que el gobierno los mandó a matar a un monstruo que el ejército había adiestrado.

—¿Cree usted, como periodista, que durante tantos años se haya estado matando gente de la misma manera y a todos los que estuvieron en el mismo lugar así porque sí? Le contesto yo mismo. Crearon un mito. El gobierno nos usó y el ejército siguió "fabricando" tipos como lo fue Cipriano Illapha Tavares. Mire, présteme un poco de atención —despliega un expediente sobre la mesa—, éste es el verdadero Cipriano Joaquín Illapha Tavares: "Nació en Cerro Bonito, hijo de Augusto Tavares de oficio ferroviario, maquinista del tren que descarriló en el famoso kilómetro cuarenta y ocho porque un tal Valdivia, señalero en Peremerimbé, hizo el cambio de vías demasiado tarde, y de la señora María Candelaria Aristizaga, que al poco tiempo enferma, y decide dejarlo en custodia en un hospicio, como se acostumbraba por aquellos lados y en aquel tiempo y finalmente en casi una extrema pobreza ella muere. La cicatriz en la pierna de Cipriano Tavares se debe a que quiso escapar del lugar y salto un muro de casi cuatro metros de altura, y allí se le encaja la pierna en la saliente de un hierro de la construcción. Sigamos, el prefecto lo manda al ejército para su educación y formación, en común acuerdo con su madrina y tutora, la señora María Esmeralda Aristizaga. Egresa a los veinte años como cabo experto en explosivos".

—No hay otras fotos de él con uniforme en todo el Ejército Nacional —Agrega Muñoz—.

—Estuvo destinado en distintas unidades de selva y montaña siempre con un legajo con buenas calificaciones y deciden mandarlo al extranjero para su especialización, creo que va a Panamá o a la Argentina, allí no está claro. En su ausencia muere su madrina, y no su madre, como nos hicieron creer, se trata de la señora María Esmeralda, quién le deja su fortuna en campos y propiedades allá en Cerro Bonito.

—Increíble. ¿Cuánto hace que no van a Cerro Bonito?

—Espere, —dice Villegas. Siempre de acuerdo a nuestras investigaciones por más de veinte años, Illapha vuelve y lo destinan a una oficina del comando, donde se compra su primer automóvil. Y hará, diecisiete años que no vamos a Cerro Bonito, es un pueblo aburrido, hablan en quichua, aimara, kallawaya, algo así. Son medios locos.

—Si, eso me contaban estos hombres. ¿Usted me dice que la madre de Cipriano, muere en la pobreza y su hermana y madrina de Cipriano era una mujer rica, por qué?

—Exacto. María Esmeralda se vuelve rica tiempo después, cuando reclama por título terrenos que ocupaban los peremerimbinos y al ser afiliada al Partido Conservador, el presidente de entonces, un ministro le restituye todo. Y eso no es nada.

—Cuénteme.

—María Esmeralda, parece que no solo era la madrina de Cipriano Joaquín, sino, una especie de amante, había una relación aparentemente incestuosa entre ellos. Pero finalmente muere picada por una o varias serpientes que en la zona eran desconocidas.

—Me imagino de dónde las trajeron y quiénes las trajeron.

—Me gusta su rapidez, su entendimiento señor periodista. Pero mire esto —me señala más información—. Tavares es destinado a la famosa Compañía del Norte ya con el grado de Sargento y un alto conocimiento de inteligencia militar. Tenía la orden de seleccionar veinte personas entre suboficiales y tropa para aniquilar a la Turma Sem Bandeiras, sólo elige a tres y trabaja con tres, desobedece esa orden aduciendo que no quería muertos en las filas, según averiguamos de un suboficial retirado llamado Boggy Speckler.

—De allí que nunca lo pudieron atrapar. ¿Creen entonces que a ustedes les tiraban pistas falsas y que él seguía vivo?

—Sí señor, eso es.

—Lo hemos seguido durante veinte años, hasta que el gobierno dijo basta y pusieron esa otra persona, casi idéntica a él, en la puerta de la casa de la señora Arminda Beatriz Pineda. Le hicieron pegar como treinta balazos y crearon el mito del justiciero. Pero el muerto era quince años menor.

—¿Sabían que él tocaba el piano?

—¿El piano? Arminda Pineda enseñaba piano, y si está vivo tendría unos 80 años. Usted y nosotros, que lo hemos perseguido por tanto tiempo, le cuento que cuando nos retiraron, la investigación quedó incompleta. Nos jubilaron sin reconocimiento alguno —Me asegura Villegas—.

—Nunca más los encontramos, desde la noche de las mariposas negras en que mataron a Zurita Copertuno —Dice Muñoz—. Entonces él tendría unos 60 años o más. Y eso, usted sabe, fue dos años después de la balacera de Moncadas.

—Nunca me dan los tiempos, las edades. Nada me cierra señores. Ni lo de la tumba misteriosa en Cerro Bonito. 

—¿Qué tumba misteriosa en Cerro Bonito, periodista?

—Me contaron que hará unos siete ó nueve años llevaron un féretro, eran varios hombres, llevaron también un piano y un músico tocaba una canción muy triste, me dijeron algunos hombres que los vieron todo. Y que luego pusieron una cruz y sobre ella colgaron un puñal militar. Sin nombre, sin fecha.

—Cuando nos retiraron fue, hace quince años. Tome esto, aquí se le llama favor por favor.

"Consta en el Juzgado: foja 19, Tomo 1. La carta.
Estimada Beatriz:
Aquí estoy, con el consuelo de saber que he descansado en tu cama, entre tus brazos. Con el consuelo de saber que supe ser el dueño de tus momentos emocionantes y fiel compañero de tus obstinaciones. Con el consuelo de saber que he caminado el camino más largo para amarte como te amé, para darte aquellos besos de las buenas noches como te los dí, y para despertarte como tu ya sabes. Aquí estoy, para que resguardemos en nuestra memoria, la historia de nuestra vida juntos. Hasta que Dios diga, en su reparto de suertes.
Siempre tuyo: Cipriano".

Cierran el expediente, me saludan, y salen al sol del mediodía.

©2014-Walter R.Quinteros-Cuentos de Peremerimbé


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